EL PERRO Y EL PERRO A LA BÚSQUEDA DEL HUESO.

             

Ladran en un callejón de esos que no se ven por acá, un perro de esos
que no miramos con facilidad: negro, viejo, grande, chandoso y con
chanda. Ladra con agonía, propia de las frustraciones que dan un
apartamento de soltero, una vida de soltero; la importancia de vivir
lo que se ha vivido siendo soltero sin querer serlo. Los colores no
son colores, son luz hecha color. A usted y a mí nos han enseñado a
pensar. Pensar es lo que evita hacer el perro que ladra, el perro
negro sigue ladrando y afortunadamente él no se permite pensar. Un
café, una servilleta y las migas de una tostada con mermelada de mora
y nutella acompañan el mantel, la mesa, la silla, las cuatro paredes y
una foto colgante de él y de ella... la foto quiere salir del marco,
el marco de la pared y la pared dejar de mirar para así evadir los
pensamientos del ladrador que piensa. El perro negro del callejón ya
no ladra; hace dos días murió: solo como un perro. Hoy se va a caer el
marco, se quebrara el vidrio y la foto solo quedara herida. La pared
tendrá que pensar y de nuevo alguien ladrara.

PUTA.



Grita puta; griiiitaaaa. La puta no grita. Grita puta, grita
¡malparida que te pago por gritar! La puta no grita. Recordá miserable
que si no gritas no te pago y si no te pago: te morís de hambre. La
puta grita. Come Martha, la barriga no da espera; además: barriga
llena ¡corazón contento! Martha Juega con Jaime. Martha no te vas a
enamorar de ese guevón del Alfredo; pendejo ese que está condenado a
vivir muerto de hambre. Martha ¡desagradecida! Venís preñada, ¡sucia
Martha; sucia! Martha llegó un cliente. Grita puta; griiiitaaa. La
puta grita y no se muere de hambre.